Aprendemos a profetizar en voz alta. Soñamos profecías. Y sólo sucede lo que ha de suceder.
Algunos olvidan y entierran los recuerdos del mañana que nacieron con ellos, pero a otros, los vaticinios los mantienen en vilo, les cansan y deterioran, a la vez que los impulsan a transitar la vida con un sentido misional que aman, tanto cuanto desprecian.
Nadie es profeta. Nadie entiende más de lo que quiere. Nadie impregna a nadie con más de lo que sabe.
Mientras las centurias pasaron, hubo quienes dijeron que luchemos y los que dijeron que nos resignemos; los que quisieron que nos rindamos a la vez que no olvidemos nuestra dignidad, ya hace mucho mermada. Pero sólo ha sucedido lo que debió suceder. Y ahora nos dicen que dejemos las cosas así, como están: “medio bien”, “medio mal”. Ahora las cosas empeoran atrayendo la muerte y los despropósitos. Ahora continúa prosperando la gangrena del poder que pretendió taparnos.
Henos aquí, frustrados y esperanzados, haciendo verdad desde la impotencia del silencio y esperanza con la calma.
Yo he dicho: por aquí, por allá. Y he regresado al principio para repetir mis palabras.
Yo he decidido no dejar latir mi tiempo al compás de los demás tiempos, ni del tiempo primordial siquiera, ni del tiempo de la servidumbre y de los serviles, de los traidores y los comprados, de los valientes y los vencidos, aún a riesgo de perder lo que queda, lo que quepa y lo que luego sea.
He sido el origen de mi origen. Para dar a los míos mis partes.
He fundido en ella mi cuerpo para crear desde el ser original a los que reemplazarán por bien nuestros errores.
Hemos caído entonces, juntos, en los misterios de la oscuridad reemplazante de la luz, para engarzar los mecanismos de las compensaciones, los que traen felicidad y soltura.
Esa nuestra normalidad. Éste el perfil de los que cruzamos el umbral del milenio, sin saber siquiera si somos o no somos; si queremos o no queremos. Mientras a diario olemos el cambio, porque a diario se pinta el cielo con el futuro, ese que ya habíamos conocido para no asustarnos.
Pero hay una marea que me lleva hacia esa que nos arrastra a todos, a nosotros que creemos y caemos hace milenios, sospechando de nuestra divinidad salvadora y nuestra clarividencia.
Lo místico se manifiesta.
Entonces hablamos de todos los tiempos, para entender y calzar los planes, para juntar nuestros poderes aún infértiles y desconocidos. Pero, en cambio, sólo dibujamos un mapa de lo que conjuramos inconscientes como cierto y que de inmediato nombramos: “mañana”.
Entonces, un día entendimos: la revolución ha mutado para siempre y se ha apostado sobre nuestras espaldas para derramarse en las manos de nuestros hijos. Esta nuestra misión transitoria y automática. Esta la secreta claridad de nuestro tiempo. Esta la imagen de los hermanos que me han rodeado y cuyas profecías, parieron a las mías.
Todos soñamos el mañana que conocemos. Nuestros suspiros son también oráculos inequívocos y en nuestros parpadeos se abren portales que cruzan los demás tiempos. Pero las profecías son mientras no se cumplen.
Oíd, dijo entonces el todo y no salimos corriendo...
Y así sentimos que hemos llegado al fin, al ocaso de lo que se espera. Al amanecer de lo que viene.
(Algo suena porque ha estado buscando el tiempo de nuestra presencia. Algo nos mantiene despiertos)
(Los hermanos supieron)


1 comentario:
¡Bosch! Qué maravilla...
Querido, no sé por qué no se me ocurrió buscarte como Tristán Aguirre. Ya escribiré con calma, ya leeré, te reencontraré poco a poco. Me alegra mucho saber de ti. Me alegra descubrir que en parte recorremos senderos que se tocan - interneteros agudos somos, ¿verdad?
Hasta pronto, hermano.
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